En Estados Unidos solo critican al Sur.


Por Arthur González.

Todos los días funcionarios de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y la gran prensa plana y televisiva de Estados Unidos, ejecutan críticas y campañas contra dirigentes y países del Sur, a pesar de que los yanquis tienen el techo de cristal.

Lo mismo atacan a un presidente por usar un buen reloj, que a su esposa y a altos funcionarios por la residencia donde viven o el auto que manejan. Sin embargo, la prensa yanqui parece olvidar sobre los lujos, gastos y excentricidades del actual Presidente Donald Trump, su esposa, la hija, el yerno y sus demás descendientes en sus viajes por los Estados Unidos, más los que realizan al exterior, para lo cual llevan ajuares de altísimos precios, mientras los sin techos, desempleados y personas de bajos ingresos no tienen ni para pagar un seguro médico.

Recientemente la cadena Telemundo 51 informó sobre la situación que confronta con su vivienda, una familia de origen cubano, residente en Hialeah, Miami, debido a la precaria situación que presenta, afectando la salud del núcleo por el moho que cubre gran parte de la casa.

Según Telemundo 51, dicha familia vive desde hace unos seis meses, en un departamento ubicado en la avenida 1155 oeste y la calle 77, pero la humedad que existe en la misma es total, trayendo como consecuencias alergias y enfermedades respiratorias para sus inquilinos, sin que la administración del edificio resuelva el problema, a pesar del pago de mil doscientos dólares que deben abonar mensualmente.

Por supuesto, esos asuntos no son de interés del presidente Trump, porque él posee un departamento de dos pisos en New York, cuyas puertas de entrada son de oro con incrustaciones de brillantes, lámparas de cristal de roca y baccarat, muebles de estilo Luis XV, bandejas de oro y techos con pinturas que asemejan el palacio de Versalles, en París. Que decir de su propiedad Mar a Lago, en Palm Beach, Florida, considera la 2da propiedad más grande de ese Estado, con lavamanos de oro.

Su esposa no se preocupa de los 47 millones de personas que en Estados Unidos viven en niveles de pobreza, porque ella compra ropas de alta costura confeccionadas por firmas europeas de máxima exclusividad, carteras de 2 mil dólares y zapatos de precios similares, como los que calzó para ir a ver a los damnificados de huracanes, de piel y tacones altos, o el traje que adquirió con sombrero incluido, para su viaje de descanso a las pirámides de Egipto, siempre en un avión ejecutivo con la respectiva escuadra de seguridad, todo pagado por el presupuesto del gobierno.

Ningún empleado del gobierno yanqui puede darse el lujo de comprarle a su esposa un vestido de Ives Saint Laurent, o de Carolina Herrera, por un valor de 2,500 dólares, porque su salario no le alcanza para tales lujos que solo se los puede dar el Presidente Trump, sin pensar que hay niños en su país que no se alimentan adecuadamente, o los indigentes que pululan en muchas calles de Los Ángeles y solo comen de la basura.

Por tanto, antes de mirar la paja en el ojo ajeno, los que tanto critican a los funcionarios del Sur, deben exigirle a su Presidente, que hace ostentación de tanta riqueza, que tenga presente las necesidades de su pueblo y solo después, si les queda tiempo, hablen mal de otros, pues como afirmó José Martí:

“Esos críticos desalmados son los criminales de la pluma”.

 

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Venezuela en la mirilla de los yanquis.


Por Arthur González.

Al igual que una piedra dentro de un zapato, el gobierno de Hugo Chávez y posteriormente el de Nicolás Maduro, no dejan dormir tranquilos a los yanquis que ven como una pesadilla que sus planes de acción encubierta, acciones de subversión política y las presiones internacionales, no pueden doblegar al pueblo venezolano que continúa dándole apoyo a su Revolución Bolivariana.

Las costosas campañas mediáticas para satanizar la figura de Maduro, no arrojan resultados internamente, a pesar de la amplificación de los medios oficialistas que responden a los intereses de Estados Unidos.

Ni la criminal guerra económica y financiera puede cambiar la opinión de millones de venezolanas y venezolanos que hoy pueden leer, escribir, tener una vivienda, un trabajo bien remunerado, asistencia gratuita y ser reconocidos mundialmente por el valor de enfrentarse a las políticas autoritarias y expansionistas de Estados Unidos.

Como el remake de un filme ejecutado durante 60 años contra la Revolución cubana, la CIA y otras agencias subordinadas, ejecutan planes para desestabilizar el orden interno en Venezuela, cientos de actos terroristas, estimulación a la emigración legal e ilegal, unido a los intentos de asesinar al presidente Nicolás Maduro, pero todos se caminan hacia el fracaso al no tener apoyo del pueblo.

La OEA, al igual que hizo contra Cuba, se ha puesto al servicio de las órdenes de la Casa Blanca, en una historia ya conocida por ser el ministerio de colonia de los yanquis, al jugar el vergonzoso papel de subordinación incondicional a su amo imperial.

En puro desespero, Washington no sabe qué hacer para sacar a Maduro del poder y acaba de protagonizar el tercer intento de magnicidio durante la más reciente parada militar, hecho no condenado por los organismos internacionales y la Unión Europea que “tanta preocupación” muestran por los derechos humanos.

Chile, México, Colombia, Estados Unidos, junto a la alta jerarquía católica venezolana, están implicados en el intento de asesinar al Presidente Maduro y a decenas de altos funcionarios, demostrando hasta dónde son capaces por lograr sus propósitos.

Para tirar una cortina de silencio ante las contundentes pruebas legales presentadas por Venezuela; Perú, Argentina, Chile, Colombia y Paraguay, pretenden acusar a Nicolás Maduro ante la Corte Penal Internacional, mediante una carta que debe haberse redactado en el Departamento de Estados yanqui, en la que denunciarán al presidente venezolano Nicolás Maduro ante la fiscalía de la Corte Penal Internacional “por violación de los derechos humanos de manera sistemática y específicamente por crímenes de lesa humanidad”.

Si no fuese por lo delicado del tema darían ganas de reír, pues ninguno de esos países movió un dedo para condenar a Estados Unidos por su despiadada guerra económica y financiera, que pretende matar por hambre y enfermedades a los venezolanos y además sembrar el desencanto y el desaliento, con el fin de restarle apoyo a la Revolución Bolivariana.

Una de las más recientes acciones de la prensa oficialista yanqui, fue contra la invitación que recibiera el Presidente venezolano a un almuerzo en el restaurante de un famoso chef internacional, y como si hubiese sido en el mismísimo infierno, desataron inmediatamente una suerte de persecución por el hecho de ingerir la carne ofrecida por el dueño del lugar.

Sin embargo, nunca condenan al extravagante presidente Donald Trump por residir en un lujoso apartamento ubicado en Manhattan, copiando el diseño del palacio francés de Versalles, con puertas de oro e incrustaciones de brillantes, mientras en Estados Unidos viven 47 millones de personas por debajo del índice de pobreza, según datos oficiales.

Para el Señor de los Millones no hay críticas, a pesar del derroche de dinero que hace en lujosas mansiones, campos de golf y costosas ropas y calzado de marcas internaciones para su esposa, unido a los altísimos gastos en viajes y seguridad personal a costa del presupuesto oficial, cada vez que desea trasladarse a su “choza” en la Florida, mientras el ciudadano estadounidense promedio no le alcanza el salario para cubrir el pago de los alquileres, el seguro médico y la educación de sus hijos.

Así es la guerra psicológica desarrollada contra aquellos mandatarios que no se someten a la voluntad de los yanquis. Dilma, Lula, Correa y Cristina Fernández son vivos ejemplos.

Por eso siempre tenemos que recordar a José Martí cuando dijo:

“Hay pocas cosas que en el mundo sean tan odiadas como los hipócritas”.