El capitalismo, único cáncer en la economía mundial.


Por Arthur González.

Millones de dólares se emplean diariamente para hacer creer que el socialismo no brinda beneficios a los pueblos y solo el capitalismo es sinónimo de prosperidad y progreso, pero esos ideólogos ocultan la triste realidad en que viven millones de seres humanos en el mundo, bajo regímenes capitalistas que jamás han conocido el socialismo.

Realmente las cifran son escalofriantes, pero los medios hacen silencio de ellas o las suavizan, culpando a gobernantes y no al propio sistema.

Datos oficiales de 2019, indican que uno de cada cinco ciudadanos residentes dentro de la Unión Europea, está en riesgo de caer en niveles de pobreza o de exclusión social.

Son más de 109 millones de personas bajo economías totalmente capitalistas quienes sufren esa situación; ejemplo de ello es España, que ocupa el séptimo lugar en la lista de los siete países más críticos de la Unión Europea, pero de eso ni una sola línea escribe el llamado Observatorio Cubano de Derechos Humanos, con sede en Madrid, presidido por Elena Larrinaga, ex europarlamentaria, asalariada de Estados Unidos para atacar a Cuba.

Tampoco habla al respecto el congresista republicano, Mario Díaz-Balart, quien acaba de declarar que “el comunismo es como un cáncer” y lo responsabiliza por las protestas populares registradas en las últimas semanas en Ecuador y Chile.

¿Pensarán esos lacayos de los yanquis, que los pueblos son estúpidos?

En Latinoamérica hay mucha pobreza, pero también sobra la inteligencia para identificar donde están las raíces de los problemas que padecen.

Los datos de organismos mundiales de la economía no engañan y afirman que, uno de cada diecisiete ciudadanos de la Unión Europea sufre graves carencias materiales, sus condiciones de vida están limitadas ante la falta de recursos y, por tanto, les impide llegar a fin de mes con liquidez para sufragar los gastos de alimentación, calefacción y disfrutar de una semana de vacaciones con la familia, ante el elevado costo de la vida.

Díaz Balart parece que no sabe que en Chile hay una sociedad con mucha desigualdad, la clase media ha llegado a niveles de ingresos muy bajos, el sistema de educación es malo y con altos precios, entorpeciendo el desarrollo de la juventud.

El llamado “Oasis” que decía tener el presidente Sebastián Piñera, está fragmentado por la disparidad de la sociedad y una juventud que se cansó de reclamar más espacio y mejoras de su calidad de vida, ante las constantes alzas de los servicios de salud, electricidad y el agua.

Chile ocupa el noveno lugar de un total de 56 países en el mundo que poseen el transporte público más caro y para muchos núcleos familiares el pago del mismo representa hasta el 30% del salario mensual.

Su sistema de pensiones por jubilación tiene pagos inferiores al salario mínimo, además de un mercado inmobiliario con precios tan altos que resulta casi imposible de acceder para una parte considerable de la población. El endeudamiento que asumen hoy las familias chilenas, las condena a un constante agobio para pagar los créditos, sin tener a cambio beneficios sociales.

Nada de eso es responsabilidad del socialismo, sino de un capitalismo que incrementa el consumo desmedido, para establecer competencias de la clase media con la clase alta, a pesar de las graves consecuencias económicas que conlleva para cada familia.

Las manifestaciones estudiantiles no son nuevas, llevan muchos años reclamando una educación pública, gratuita y de más calidad, al igual que aquellas que exigen la eliminación del sistema de pensiones establecido por la dictadura de Augusto Pinochet.

En Ecuador, el presidente Lenin Moreno se plegó totalmente a las exigencias del FMI y arrastró a su pueblo a una ola de alza de costos en la vida cotidiana, muy diferente a la vivida durante la administración de Rafael Correa. Ninguna de esas medidas fueron responsabilidad del sistema socialista como quieren hacerle creer a las masas.

El socialismo tiene programas sociales de salud, educación, seguridad social, desarrollo sostenible y bienestar de los pueblos que irritan a Washington y por eso le impone sanciones económicas, comerciales y financieras para impedir su desarrollo.

Los yanquis no cesan de entorpecer el socialismo y las guerras económicas contra Cuba y Venezuela son un vivo ejemplo. Venezuela trabaja por elevar los niveles de vida de su población como ningún otro gobierno en un siglo, sin embargo, la sancionan, le cortan el comercio de su petróleo y la atacan con actos terroristas para hacerla colapsar.

Cuba resiste 60 años de guerra económica, comercial, financiera y biológica, con un estoicismo que pasará a la historia. No hay país en el mundo al que Estados Unidos le haya ejecutado más planes de terrorismo económico, como el sufrido por los cubanos.

Ejemplo indiscutible, aunque desconocido por muchos, es el programa de “Política encubierta y programa integrado de acciones propuestas hacia Cuba”, elaborado por la CIA, que contempla medidas para impedir el desarrollo de su economía a través de los sabotajes a la industria, la generación de energía eléctrica, producción de alimentos y bienes materiales para satisfacer las necesidades del pueblo, unido a un intenso diseño de propaganda encubierta, para producir un clima psicológico contra el sistema socialista.

Sobre esto la CIA asegura en sus documentos desclasificados:

“El principal objetivo de los programas encubiertos contra Castro es completar el aislamiento económico, político y psicológico de Cuba respecto a América Latina y el mundo libre…  Estas medidas han sido en buena parte responsables de las actuales dificultades económicas de Castro, pero pudieran adoptarse nuevas y eficaces medidas de Guerra Económica”.

A pesar de esa guerra despiadada, Cuba muestra índices sociales en salud, educación, cultura, derechos para la mujer, los discapacitados y los niños, muy superiores al resto de los países capitalistas.

Los datos de la CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, exponen la triste realidad del capitalismo en la región, donde en los últimos cinco años se sumaron a la pobreza extrema 17 millones de personas, para alcanzar hoy un total de 63 millones de latinoamericanos en esa situación, como consecuencia del sistema capitalista.

Las explosiones sociales que se observan en estos días, son consecuencias de los recortes del gasto social que afectan a las familias más vulnerables, como padecen Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Colombia, Guatemala, Honduras, Panamá y Salvador, entre otros, que se ven empujados a emigrar hacia Estados Unidos.

El capitalismo en Argentina presenta un realidad difícil y cruel, que no es responsabilidad del socialismo. Hoy el 32% de los argentinos es pobre, para un incremento del 6,3% con respecto al pasado año. En un año, 2,7 millones de sus ciudadanos cayeron por debajo de la línea de pobreza y de ellos más de 800 mil viven en la indigencia.

En Brasil, en solo dos años 6,2 millones de personas se convirtieron en pobres y no fue por causa del socialismo.

El cáncer de los pueblos es el capitalismo salvaje y despiadado donde el ser humano es la última carta de la baraja.

Las protestas actuales solo son responsabilidad de los presidentes serviles a las políticas neoliberales, esos que no saben que José Martí afirmó:

“Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”

La ceguera política de los que condenan a Cuba y Venezuela.


Por Arthur González.

Personajes funestos como el agente CIA Luis Almagro, adoptan posiciones que evidencian la ceguera política que los afecta, en su obsesión enfermiza contra Cuba y Venezuela.

Cuando salió del closet, dándose a conocer como traidor de sus propias ideas de izquierda, Almagro tuvo que seguir las orientaciones de sus jefes, pero ya de forma pública, y atacar todo lo que oliera a socialismo en la región. De ahí que fuese seleccionado para dirigir la desprestigiada OEA, con el fin de condenar a Venezuela y a Cuba, a pesar de que esta última no forma parte de ese llamado “Ministerio de colonias yanquis”.

No queriendo reconocer que el proceso revolucionario venezolano es auténtico y cuenta con el apoyo mayoritario de sus ciudadanos, debido a los incuestionables logros sociales alcanzados desde que Hugo Chávez ganó las elecciones por primera vez, Estados Unidos fabrica campañas de prensa para hacerle creer al mundo que Nicolás Maduro es un “incapaz y el pueblo no lo apoya”.

Le aplican la misma receta que a Cuba: la guerra económica, comercial y financiera, en intento desesperado por evitar la satisfacción de las necesidades del pueblo, y después culpar al gobierno de mala gestión y de que el sistema socialista es “un desastre” que solo trae penurias.

A pesar de los actos terroristas contra las instalaciones de generación eléctrica; manifestaciones públicas pagadas por la NED y la USAID desde la embajada yanqui; el robo de activos y las finanzas venezolanas en el exterior; sanciones económicas; presiones a países aliados para que no comercien con Venezuela;  la construcción de un presidente auto nombrado en una avenida de Caracas; las amenazas a quienes en la Unión Europea no lo reconocieran y las instrucciones a la OEA para que le dieran respaldo a ese títere, la Revolución Bolivariana de Venezuela se mantiene inalterable y el pueblo reconoce que Estados Unidos es el verdadero responsable de sus carencias.

No obstante, Luis Almagro, instruido por los yanquis, declara que el apoyo de los colaboradores cubanos en el área de la Salud, educación, cultura y agricultura urbana, es el sostén del gobierno de Maduro, pues sin ellos ya la Revolución hubiese sido derrotada, craso error de ceguera política al no querer admitir el apoyo popular con que cuenta el gobierno bolivariano.

Cuan diferente es la situación que viven Argentina, Colombia, Ecuador, Chile y Honduras con protestas verdaderamente populares y no fabricadas por los yanquis, contra los gobiernos neoliberales que aplican medidas económicas impuestas por el FMI.

Las represiones salvajes contra los manifestantes en las calles de Quito, Santiago de Chile y de Buenos Aires, no se observan ni en Cuba y menos en Venezuela.

Los pueblos se cansan de tanta explotación, desigualdad social y pérdida del nivel de vida, pero no por una guerra económica y financiera impuesta desde Estados Unidos, sino por el mal manejo de la economía de un sistema capitalista, donde el ser humano es el último eslabón de la cadena, pues el enriquecimiento de las clases pudientes es lo primordial.

Las políticas económicas de ajustes impuestas por el FMI, hacen que en esos países capitalistas se incremente la pobreza, el desempleo, suban los precios, los costos de salud y educación, reclamos ahora exigidos por los ciudadanos, sin temor a las salvajes represiones del ejército que golpea brutalmente, incluso hasta los periodistas, lanzando gases lacrimógenos y chorros de agua, disparan balas de goma, matan, hieren y detienen arbitrariamente.

Ninguna de esas represiones al mejor estilo de las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, han sido condenadas por el Parlamento Europeo, la Alta Representante del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, los múltiples organismos de derechos humanos que se la pasan acusando a Cuba y a Venezuela, el Grupo de Lima, la OEA, Freedon House, la Sociedad Interamericana de Prensa, y menos aún el Departamento de Estado, quien observa con pavor como se les va de las manos la derecha que impusieron en América Latina, en su intento por aplastar a la izquierda.

Luis Ignacio Lula fue encarcelado injustamente para impedir su postulación, Cristina Fernández y Rafael Correa, son acusados de corruptos para que no puedan volver a gobernar en Argentina y Ecuador; contra Evo Morales las cruzadas mediáticas y la repartición de millones de dólares a la oposición, pretenden confundir para restarle apoyo popular, pero los pueblos ya no pueden ser más engañados, el sufrimiento causado por el capitalismo es cada día mayor y la gente se agota de ver a los gobernantes atesorar, mientras la miseria y la desprotección aumenta.

Hoy la pobreza crece en el mundo bajo el sistema capitalista, incluido en los Estados Unidos, donde son más de 40 millones los pobres, sin seguros médicos ni protección alguna. A pesar de eso, el presidente Donald Trump arremete contra el socialismo y sanciona criminalmente a los pueblos cubano, venezolano y nicaragüense, quienes resisten estoicamente porque saben lo que sufrirían de instaurarse el capitalismo salvaje, como lo definió su Santidad Juan Pablo II, quien vivió en su natal Polonia los dos sistemas y pudo sacar conclusiones.

Las calles de Venezuela y de Cuba no tiene que ser patrulladas por Comandos de Operaciones del Ejército, como se constata hoy en Chile, donde para reprimir al pueblo han sacado de los cuarteles a cientos de miles de soldados y cadetes, declarar un toque de queda para prohibir el repudio popular al gobierno capitalista de Sebastián Piñera.

Vergüenza debería darle a Washington por apoyar esa represión, al igual que a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que, como Michelle Bachelet, solo han declarado tibiamente que “siguen con preocupación las protestas”, pero no hay una resolución de condena como hicieron rápidamente cuando las Guarimbas organizadas por la oposición venezolana, a pesar de aquellos actos terroristas, donde incluso quemaron vivos a varios simpatizantes de Maduro.

Hasta la fecha, no hay una sola reclamación de esos organismos por las miles de detenciones arbitrarias, ejecutadas en Ecuador y Chile, contra los ciudadanos que protestan hartos de tan desigualdad en esas sociedades, el sistema de pensiones, el alto costo de la salud, el deficiente sistema público de educación y los bajos salarios en relación con el costo de la vida, como sí muestran ante las inventadas detenciones temporales en Cuba, de elementos contrarrevolucionarios fabricados y financiados por Estados Unidos, que intentan alterar el orden público.

Por eso hay que tener presente a José Martí cuando dijo:

“Los pueblos no se rebelan contra las causas  naturales de su malestar, sino contra las que nacen de algún desequilibrio o injusticia”.