Donald Trump se niega a dar más ayuda a Puerto Rico.


Por Arthur González.

En el 2017 el huracán María devastó a Puerto Rico, dejando 4 mil 600 muertos, cientos de miles de personas sin viviendas, casi la totalidad de la Isla quedó sin electricidad y comunicaciones, permanecieron 84 días sin electricidad, 64 días sin agua y 41 días sin cobertura para celulares, las calles, avenidas y autopistas intransitables por estar cubiertas de árboles y escombros, hospitales cerrados o funcionando bajo mínimos por la destrucción de la red eléctrica, lo que ocasionó una parte de los muertos por falta de asistencia médica.

Un panorama desolador sin comparación con similares eventos meteorológicos, que causó daños calculados en cerca de 100 mil millones de dólares.

Durante una breve visita del presidente Donald Trump y su esposa, solo asistieron a un pequeño centro que albergaba varias docenas de isleños, a los que el controvertido Presidente lanzaba rollos de papel higiénico, algo que para él parecía una diversión infantil.

Casi dos años han pasado y aun los habitantes de Puerto Rico no están recuperados, pero de esa situación los grandes medios informativos capitalistas no hablan, muy diferente a las campañas que realizan a diario contra Venezuela.

Para los puertorriqueños no hay ayudas humanitarias ni conciertos con artistas famosos, y para colmo el presidente Trump se niega a aprobar un nuevo presupuesto de ayuda, porque solo pide dinero para el muro que añora levantar en la frontera con México, en vez de proponerse un plan que enfrente la miseria, la desigualdad económica y social, causantes de la violencia que padece ese país latinoamericano, puente de entrada de la droga a Estados Unidos, su mayor consumidor a nivel mundial.

Sin embargo, la Primera Dama, Melania Trump, se gasta cientos de miles de dólares mensuales en comprar lujosos ajuares de ropa, sin importarle que millones de niños en el mundo se acuesten diariamente sin llevarse un trozo de pan a la boca, y otros tantos nunca hayan tomado una taza de leche.

Un simple ejemplo de los gastos superfluos de Melania, está en la compra del abrigo que realizó el 14 de febrero del 2018, valorado en 2 mil 300 euros, diseñado por la casa de modas Calvin Klein.

La Primera Dama, al parecer, es fanática a los abrigos pues en el 2017 adquirió uno nuevo en la casa Dolce& Gabbana, que costó una suma elevada, al igual que otros como el que compró para asistir a la SuperBowl, en la afamada casa Cédric Charlier, al costo de mil 500 euros, casa donde también adquieren ropas la reina Matilde de Bélgica, Rania de Jordania o Meghan Markle, esposa de uno de los hijos del Príncipe Carlos de Inglaterra.

Debajo de ese abrigo de mil 500 euros, Melania vestía un conjunto valorado en 2 mil 300 euros, según la prensa especializada de Europa.

Los costos de los atuendos de la Primera Dama no bajan de los mil euros, como la chaqueta de seda que uso a finales del 2018, adquirida en la casa Amiri, al precio de mil 680 euros, más los zapatos de la marca Christian Louboutin, de 650 euros, solo para presenciar un partido de futbol.

Para asistir a un evento relacionado con la infancia, la señora Trump adquirió un abrigo rojo de lana, al precio de más de 2 mil euros.

Pero las redes sociales hablan poco de ese derroche de dinero, mientras en los propios Estados Unidos la pobreza aumenta, miles de personas duermen en las calles, comen de los depósitos de basura, no tienen seguros médicos y son desalojados de sus casas por falta de pago.

Esa es la democracia y el sistema capitalista que tanto defiende Trump y la mafia terrorista de Miami, oponiéndose a los programas sociales, la asistencia médica y la educación gratuita que disfrutan los cubanos, razón por la que le mantienen e intensifican criminales medidas de guerra económica y financiera, con el fin de frustrar la posibilidad de que su modelo económico e influencia política se multipliquen, tal como afirman los tanques pensantes del Council on Foreign Relations de Estados Unidos.

Razón tenía José Martí cuando escribió en el periódico Patria:

“En pompas míseras, como una encía despoblada, gasta lo más de las gentes la bolsa y el honor, sin que al cabo les quede de la vida más que la soledad y la rabia”.

 

 

 

 

En Estados Unidos solo critican al Sur.


Por Arthur González.

Todos los días funcionarios de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y la gran prensa plana y televisiva de Estados Unidos, ejecutan críticas y campañas contra dirigentes y países del Sur, a pesar de que los yanquis tienen el techo de cristal.

Lo mismo atacan a un presidente por usar un buen reloj, que a su esposa y a altos funcionarios por la residencia donde viven o el auto que manejan. Sin embargo, la prensa yanqui parece olvidar sobre los lujos, gastos y excentricidades del actual Presidente Donald Trump, su esposa, la hija, el yerno y sus demás descendientes en sus viajes por los Estados Unidos, más los que realizan al exterior, para lo cual llevan ajuares de altísimos precios, mientras los sin techos, desempleados y personas de bajos ingresos no tienen ni para pagar un seguro médico.

Recientemente la cadena Telemundo 51 informó sobre la situación que confronta con su vivienda, una familia de origen cubano, residente en Hialeah, Miami, debido a la precaria situación que presenta, afectando la salud del núcleo por el moho que cubre gran parte de la casa.

Según Telemundo 51, dicha familia vive desde hace unos seis meses, en un departamento ubicado en la avenida 1155 oeste y la calle 77, pero la humedad que existe en la misma es total, trayendo como consecuencias alergias y enfermedades respiratorias para sus inquilinos, sin que la administración del edificio resuelva el problema, a pesar del pago de mil doscientos dólares que deben abonar mensualmente.

Por supuesto, esos asuntos no son de interés del presidente Trump, porque él posee un departamento de dos pisos en New York, cuyas puertas de entrada son de oro con incrustaciones de brillantes, lámparas de cristal de roca y baccarat, muebles de estilo Luis XV, bandejas de oro y techos con pinturas que asemejan el palacio de Versalles, en París. Que decir de su propiedad Mar a Lago, en Palm Beach, Florida, considera la 2da propiedad más grande de ese Estado, con lavamanos de oro.

Su esposa no se preocupa de los 47 millones de personas que en Estados Unidos viven en niveles de pobreza, porque ella compra ropas de alta costura confeccionadas por firmas europeas de máxima exclusividad, carteras de 2 mil dólares y zapatos de precios similares, como los que calzó para ir a ver a los damnificados de huracanes, de piel y tacones altos, o el traje que adquirió con sombrero incluido, para su viaje de descanso a las pirámides de Egipto, siempre en un avión ejecutivo con la respectiva escuadra de seguridad, todo pagado por el presupuesto del gobierno.

Ningún empleado del gobierno yanqui puede darse el lujo de comprarle a su esposa un vestido de Ives Saint Laurent, o de Carolina Herrera, por un valor de 2,500 dólares, porque su salario no le alcanza para tales lujos que solo se los puede dar el Presidente Trump, sin pensar que hay niños en su país que no se alimentan adecuadamente, o los indigentes que pululan en muchas calles de Los Ángeles y solo comen de la basura.

Por tanto, antes de mirar la paja en el ojo ajeno, los que tanto critican a los funcionarios del Sur, deben exigirle a su Presidente, que hace ostentación de tanta riqueza, que tenga presente las necesidades de su pueblo y solo después, si les queda tiempo, hablen mal de otros, pues como afirmó José Martí:

“Esos críticos desalmados son los criminales de la pluma”.