Washington premia terroristas a su servicio.


Por Arthur González.

En medio de la más terrible pandemia de la humanidad, en la que han perdido la vida 100 mil estadounidenses por el mal manejo ejecutado por el presidente Donald Trump, una depresión económica muy fuerte y el desempleo de cientos de miles de trabajadores, Washington decide otorgarle una medalla a uno de sus lacayos contrarrevolucionarios en Cuba, José Daniel Ferrer.

Se conoce que ese secuaz de los yanquis, es uno de los que más dinero recibe para ejecutar acciones provocativas, con la intensión de desestabilizar el orden interno en la provincia de Santiago de Cuba, donde recluta partidarios a partir de los dólares que entrega.

Al no tener otras opciones, los yanquis se aferran a él para trasladar la imagen de una “disidencia” en la Isla, la cual carece de respaldo popular y membresía, muy fragmentada por el dinero y carente de una ideología capaz de arrastras a las masas, situación reiterada desde que, en los años 80 del siglo XX, la CIA apostó por fabricar una “oposición” interna similar a la de Polonia.

Su nivel de egocentrismo es tal que dividió al grupúsculo Damas de Blanco, al no reconocer la dirección de Berta Soler. Lo mismo hace con otros elementos, pues aspira a ser el único cabecilla contrarrevolucionario, con el fin de centralizar el dinero que Estados Unidos destina para esos “disidentes”.

La violencia es parte de su personalidad, comprobada en su autoagresión vista en la TV, al golpearse la cabeza contra una mesa cuando estaba detenido y acusado de agredir a dos de sus compinches, quienes tuvieron que ser hospitalizados.

Diplomáticos yanquis de su Misión en La Habana, hicieron lo imposible por alcanzar la unidad entre las decenas de grupúsculos construidos por ellos. Impartieron clases de subversión mediante teleconferencias, cursos de periodismo, instrucciones de cómo actuar en la vía publica para provocar a las fuerzas del orden, cerrar calles sentándose en el asfalto y otras formas como las ejecutadas por Lesch Walesa, pero ninguna tuvo éxito.

Tal fue la decepción de los diplomáticos que en sus reportes secretos enviados al Departamento de Estado y a la CIA, informaron:

“Muchos grupos de oposición son dominados por individuos con encumbrados egos que no trabajan bien en equipo, por lo que pueden ser fácilmente manipulados por la Seguridad cubana”.

 “Osvaldo Payá, ha recogido algunos disidentes dispersos, pero no ha hecho acciones importantes en meses”.

“Es improbable que el movimiento disidente tradicional pueda reemplazar al gobierno cubano”.

“Dirigen sus mayores esfuerzos en obtener recursos suficientes para solventar las necesidades del día a día, de los principales organizadores     y      sus  seguidores”.

(Referencia: 09HAVANA221. ID:202438. Fecha: 2009-04-15) 

En un intento desesperado por hacerle creer a los aliados europeos que en Cuba existe una “oposición” a la Revolución, los yanquis repiten la vieja y fracasada fórmula de las medallas y premios, olvidándose que en el pasado hicieron lo mismo con otros asalariados, sin el menor resultado, como fueron los casos de Dagoberto Valdés, Oswaldo Payá, Berta Soler, Laura Pollán, Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas y Elizardo Sánchez-Santa Cruz, quienes se llenaron los bolsillos de dólares y viajaron a decenas de países gracias al dinero de Estados Unidos, pero la Revolución socialista siguió su curso.

La prueba de quiénes son los premiados, están en sus antecedentes y vínculos con el terrorismo, como es el caso de Ileana Ros-Lehtinen, ex congresista que gestionó con el presidente de Estados Unidos, la liberación de los asesinos del ex canciller chileno, su secretaria norteamericana y el chofer, quienes colocaron una bomba en el auto. Uno de esos asesinos es Guillermo Novo Sampoll, de origen cubano y vinculado a otros actos terroristas, residente en Miami.

La ex congresista también solicitó clemencia presidencial, para los connotados terroristas Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles, ambos participantes en decenas de actos criminales y la voladura en pleno vuelo, del avión de una línea aérea cubana donde perecieron 73 civiles. Para ambos tramitó la entrada ilegal en Estados Unidos y la residencia permanente.

Similar relación mantiene con Ramón Saúl Sánchez, sicario de la organización terrorista Omega 7, cómplice de Eduardo Arocena, asesino de un diplomático cubano ante las Naciones Unidas. Por sus antecedentes terroristas, el FBI le niega a Sánchez el estatus de residente en Estados Unidos, aunque nunca lo han enjuiciado por sus crímenes al servicio de la CIA.

Otro de los que ostenta esa medalla, es Armando Valladares, terrorista y esbirro de la tiranía de Fulgencio Batista, quien cumplió sanción en Cuba, al ser sorprendido después de hacer estallar una bomba en un centro comercial habanero, cuando formaba parte de una célula creada por la CIA.

En la cárcel fingió estar inválido, y por mediación de la entonces Primera Dama de Francia, Madame Mitterrand, fue liberado y acogido por ese gobierno, pero la sorpresa fue cuando al llegar a Paris, descendió del avión por sus propios pies, provocando el rechazo inmediato de las autoridades francesas.

Washington lo premió por sus actos terroristas, nombrándolo como embajador ante la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra.

Igual medalla le fue entregada al “faquir cubano”, Guillermo Fariñas, nombrado así jocosamente por asegurar que estuvo 154 días sin comer ni tomar agua, en una de sus divulgadas “huelgas de hambre”, orientadas por los yanquis en su intentona de acusar a Cuba de “violar” los derechos humanos.

Fariñas estuvo encarcelado por golpear a la directora de un hospital pediátrico de La Habana donde trabaja, al no aceptar una decisión laboral. En prisión fue captado y decidió integrar un grupúsculo contrarrevolucionario. Desde entonces no ha trabajado nunca más, es mantenido por los yanquis con un buen salario.

Hace pocos años, en una de sus visitas a Miami, se reunió con el asesino terrorista Luis Posada Carriles, constancia publicada en la prensa de esa ciudad.

La denominada Medalla de la Libertad Truman-Reagan, otorgada según los yanquis, por la “lucha por la democracia”, ya sabemos que la han recibido aquellos que tienen sobre su conciencia la muerte de cubanos inocentes o tienen estrecha relación con ellos.

Por esas razones, Estados Unidos acumula 60 años de fracasos en su intento por destruir a la Revolución cubana, porque como dijera José Martí:

“Contra la verdad nada dura”

 

Guerra mediática insiste en fabricar disidencia en Cuba


Por Arthur González.

Con el empleo de las mismas armas que Washington utilizó para engañar a la opinión pública de que Sadam Husein tenía armas biológicas y justificar la invasión a Iraq, pretenden fabricar una supuesta “disidencia” en Cuba, cuando sus diplomáticos y la CIA saben que no existe y solo se visualizan los que ellos sufragan con millones de dólares.

Libros Disidentes
Desde el mismo triunfo de la Revolución cubana, la CIA por encargo de la Casa Blanca, creó, entrenó y financió una “oposición” para hacerle creer al mundo que los cubanos rechazaban al Gobierno encabezado por Fidel Castro.

De nada valieron los planes terroristas internos ejecutados por agentes de la CIA, como si fuera el pueblo enardecido contra el líder revolucionario; las emisoras de radio ilegales transmitiendo noticias falsas como las que dieron origen a la cruel Operación Peter Pan; más la invasión mercenaria por Bahía de Cochinos con los inventados partes de guerra, tratando de ganar una guerra perdida.

Los años fueron transcurriendo y la Revolución resistió la guerra económica disfrazada de un supuesto embargo, que de tanto repetirlo muchos se creyeron que realmente era un asunto bilateral, hasta que terceros sintieron en carne propia las millonarias sanciones por ejecutar alguna transacción comercial con la mayor isla de las Antillas.

Lo mismo intentan ahora con la fantaseada “disidencia” y los actuales grupúsculos, que tantos millones de dólares les cuestan a los ciudadanos estadounidenses para costear las acciones provocativas en Cuba, y pagar los múltiples viajes al exterior de algunos de los cabecillas en los que Washington se empeña en denominar “disidentes”.

Sigue leyendo