El Gen cubano de la resistencia.


Por Arthur González.

La ignorancia es atrevida, de ahí que la política yanqui contra Cuba sea tan obstinada y cruel, en su fracasado intento por doblegar a su pueblo.

El cubano es, genéticamente hablando, un producto nuevo resultante de la mezcla española, africana, china y con algo de árabe, fruto del cruce de la población que fue habitando la Isla después de la conquista de España en 1492.

La tozudez española, la resistencia y fortaleza africana, la paciencia y perseverancia china, unidas a la rebeldía árabe, son elementos presentes en la característica de los cubanos, permitiéndoles enfrentarse a retos incalculables para mantener su independencia y soberanía.

Esa mezcla inteligente y fuerte fue capaz de enfrentarse al yugo español, luchar por la libertad y vencer en batallas desiguales contra un ejército bien armado, alimentado y preparado en academias militares.

Los cubanos emplearon la carga al machete que aterrorizó a los españoles, al ver como un ejército conformado por esclavos y criollos, nacidos de los primeros cruces de españoles y africanos, se lanzaban sobre las tropas ibéricas sin temor a las balas.

Los esclavos traídos desde África, fueron seleccionados entre los hombres y mujeres más fuertes para trabajar en los campos sembrados de caña de azúcar, quienes soportaron salvajes torturas y los azotes del látigo español, demostrando su rebeldía al sublevarse ante los maltratos de sus amos, sin miedo y con un fervor inclaudicable para vivir en libertad.

La tristemente célebre reconcentración, ejecutada por el general español Valeriano Weyler, fue un antecedente de los campos de concentración nazis, pero no pudo doblegar a los campesinos cubanos, ni impedir que apoyaran al ejército libertador, a pesar de que en ella murieron cientos de miles por hambre y enfermedades, algo que los gobernantes de Estados Unidos no logran entender.

En la seudo república, ningún cubano quedó callado ante los desmanes, el robo y los crímenes de los gobiernos de turno que cumplieron servilmente las órdenes de Washington. Las luchas estudiantiles y obreras marcaron para siempre la historia del país y finalmente, con la lucha en las montañas de la Sierra Maestra en cabezada por Fidel Castro, alcanzó la verdadera independencia del dominio yanqui.

Eso es precisamente lo que sembró el odio irracional de los gobernantes estadounidenses, esos que vieron, incluso antes del triunfo de 1959, que con la Revolución no habría más sometimiento a sus designios, iniciando así las primeras acciones de guerra económica, subversión política, terrorismo de estado y espionaje, para intentar derrocar el nuevo sistema que se fortalecía, en lo que fue su más preciada neo colonia, a solo 90 millas de sus costas.

Los yanquis no comprenden la resistencia estoica del pueblo cubano, por su falta de conocimientos de la historia de un pequeño archipiélago en medio del mar Caribe, que los desafía a diario y resiste las guerras económica, comercial, financiera y biológica que el aplican para vencerla, sin éxito.

El actual presidente Donald Trump, asume la personalidad de los emperadores romanos, y por eso sanciona, amenaza, y condena a los que no se arrodillen ante él. Desprecia las leyes internacionales, ofende a presidentes, se apropia del dinero y bienes de otras naciones, al sentirse dueño del mundo.

Lo triste del asunto es que países desarrollados, con sólidas economías y liderazgo mundial, acepten sumisamente sus demandas, a pesar de ser acciones que violan la Carta de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y cuanta legislación existe en materia de comercio internacional.

El 24 de septiembre de 2019 Trump, en otro arranque de ira e impotencia, por ver como Cuba sigue su ritmo de vida a pesar del incremento de la guerra económica, comercial y financiera, tomó la decisión de apretar aún más las medidas para cercar al pueblo cubano, con el deseo de matarlo por hambre, al sancionar a cuatro compañías navieras más, de las que transportan crudo venezolano a Cuba.

De esas navieras tres están registradas en Panamá y la cuarta en Chipre, prohibiéndoles el comercio con Cuba y Venezuela, además de congelarle los activos que pudieran tener en territorio estadounidense.

Los gobiernos de Panamá y Chipre no se han pronunciado en defensa de esas compañías y es casi seguro que no lo hagan por las fuertes amenazas de Estados Unidos y el chantaje de eliminar los subsidios y sancionarlos fuertemente.

¿Con qué derecho Estados Unidos puede asumir semejante actitud contra el mundo? ¿Por qué países soberanos aceptan semejantes acciones de piratería internacional?

Las campañas de mentiras y tergiversaciones lanzadas por Washington, generadas por especialista en sus agencias de inteligencia, entre ellas la CIA, la USIA y otras especializadas en guerra psicológica, se encargan de conformar imágenes falsas sobre Cuba y Venezuela, para confundir y buscar rechazo a sus revoluciones.

Ejemplo son las declaraciones de Steven T. Mnuchin, secretario del Tesoro, quien expresó:

“Estados Unidos sigue tomando fuertes medidas contra el ilegítimo ex régimen de Maduro y a los actores extranjeros malignos que le apoyan. Los benefactores cubanos de Maduro suministran al régimen un salvavidas que sostiene el represivo aparato de inteligencia y seguridad”.

Fracasan porque desconocen la fortaleza y resistencia del pueblo cubano y el venezolano, que son capaces de dar la vida antes de caer de rodillas ante el imperio yanqui, porque como dijo José Martí:

“La libertad cuesta muy cara y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio”.

 

 

 

 

El que más derechos humanos viola asume el rol de juez.


Por Arthur González.

No es necesario ser erudito para darse cuenta de las permanentes violaciones que comente Estados Unidos a los derechos humanos de la humanidad, incluidos a sus propios ciudadanos, pero de eso no hablan y acusan a todos los países que no se arrodillan ante ellos.

Prueba irrebatible de que los yanquis son violadores por naturaleza están en los múltiples escritos y cartas de sus principales figuras políticas desde el siglo XVIII.

En 1767 iniciaron su expansión territorial hacia el Oeste y el Sur, para robarle tierras a sus verdaderos dueños.

Thomas Jefferson, en 1786, afirmó: “Nuestra Confederación debe ser considerada como el nido desde el cual toda America, así la del Norte como la del Sur, habrá que de ser poblada…”

Dos años más tarde Alexander Hamilton, uno de los llamados Padres Fundadores, expresaba: “Podemos esperar que dentro de poco tiempo nos convirtamos en los árbitros de Europa en América, pudiendo inclinar la balanza de las luchas europeas en esta parte del mundo…”

En 1823 James Monroe proclamó el concepto expansionista de los yanquis, al declarar: “América para los americanos”.

Andrew Jackson al ostentar la presidencia de los Estados Unidos, (1829-1837) proclamó la doctrina del “Destino Manifiesto”, con el objetivo de arrebatarle a México parte de su territorio, en especial Texas, rico en petróleo.

Por esas acciones imperialistas, Simón Bolívar afirmaba en 1829: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a América de miserias, en nombre de la Libertad”.

La lista de hechos llega hasta las invasiones cometidas en el siglo XX contra muchos países latinoamericanos como los casos de Cuba, Panamá, República Dominicana, Guatemala, Salvador, México, Honduras, Nicaragua, Haití, Granada, haciendo gala de su doctrina de “Las Cañoneras y la diplomacia del dólar”, estructurando golpes militares para imponer a sus peones, con el objetivo de apropiarse de las economías latinoamericanas a base de sangre y violación del derecho de los humildes.

En su propio territorio la discriminación racial y el asesinato de los líderes negros que exigían sus derechos civiles, marcó una época, con la intención de eliminar todos los movimientos que agruparon a millones de personas. Martin Luther King es el ejemplo más relevante, al que se le sumó Malcon X y otros que fueron encarcelados para acallar sus reclamos, entre ellos la activista Ángela Davis.

La segregación racial continua y la policía está autorizada a disparar contra toda persona que se les haga sospechosa, aunque no existan elementos legales que lo sustenten. Es así como a diario matan a decenas de inocentes, incluidos adolecentes, principalmente de la raza negra.

Para esas conductas violatorias de los derechos humanos más elementales no hay sanciones ni campañas de prensa, mientras llueven las acusaciones contra países que exigen el cumplimiento de sus leyes, como le hacen a Cuba cuando se detiene a provocadores fabricados y financiados por los yanquis.

En su permanente cruzada de noticias falsas contra la Revolución, iniciada desde 1959, la actual administración de Donald Trump, volvió a incluir en días pasados a Cuba en su lista de países “donde más abusos se comenten contra los derechos humanos alrededor del mundo”.

Sus argumentos son repetitivos y roñosos por no haber podido impedir el triunfo de Fidel Castro, a pesar del apoyo militar y financiero que desplegaron para sostener al dictador Fulgencio Batista, a quien jamás lo acusaron de violar los derechos humanos, a pesar de que incumplía a diario la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Batista asumió el poder de Cuba mediante un golpe militar que violó la Constitución de 1940, pero de inmediato fue reconocido por Washington, dándole su apoyo.

Asesinó, torturó, desapareció a centenares de jóvenes que tenían ideas diferentes y con el asesoramiento y apoyo logístico del FBI, fundó el Buró de Represión a las Actividades Comunistas, BRAC. Por esa razón los yanquis nunca lo condenaron ni sancionaron, a pesar de los 20 mil muertos que pesan sobre sus hombros.

Sin embargo, desde que Fidel Castro triunfó los ataques y condenas no cesan.

En junio de 1958 Fidel, después de un bombardeo criminal sobre humildes casas de campesinos inocentes, con armas entregadas por Estados Unidos, le escribió una nota a la guerrillera Celia Sánchez:

“Celia: al ver los cohetes que tiraron en la casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.

Es por eso que los yanquis intentaron asesinarlo cientos de veces, a pesar de ser un delito y una flagrante violación de los derechos humanos.

Nunca le perdonarán a Cuba el desafío de enfrentarlos y vencerlos, además de abrirle los ojos a los desposeídos del mundo, luchar por la eliminación del sistema discriminatorio del Apartheid, al que tanto apoyó Estados Unidos en África del sur, y defender todas las causas justas en favor de los pobres de esta tierra.

Trump, al igual que sus antecesores, podrá mantener la guerra económica y financiera, más sus acciones de guerra biológica, los sabotajes, la subversión política y las cruzadas de noticias falsas, que los cubanos saben quién es el verdadero violador de los derechos humanos, aquel que fabrica listas espurias para coartar la libertad de viajes a sus propios ciudadanos, e incluso prohibirles adquirir un sencillo abanico en una tienda cubana.

Lo que les duele a los yanquis es la resistencia del pueblo de Cuba, que a pesar de las dificultades que conlleva la carga de 60 años de bloqueo económico y comercial, la Revolución continua con un alto poder de convocatoria, mientras la exigua contrarrevolución financiada y entrenada en Estados Unidos, no ha logrado tener una membresía respetable y menos aún de jóvenes.

Por ese motivo inventan torturas que no pueden demostrar, ni otras de sus acusaciones; al contrario, son ellos los que ejecutan esas violaciones en Afganistán, Irak, Guantánamo, Libia y en Siria.

A Trump hay que agradecerle sus torpezas, porque cada nueva sanción contra el pueblo cubano es una cuota adicional de unidad y rechazo popular a los yanquis por mantener un arcaico y gastado discurso sin obtener resultados.

Ante hechos con este José Martí expresó:

“Unámonos, cubanos, en esta otra fe: con todos y para todos”.