Moscú no cree en lágrimas


Por Arthur González

Estados Unidos y sus aliados europeos olvidan que Moscú no cree en las lágrimas de quienes lloran por su respuesta, como ante la provocación tejida en el caso del bloguero pro yanqui Alexei Navalni, copia del método empleado contra Venezuela con Juan El Títere Guaidó.

La fabricación de Navalni es muestra del desespero que tiene occidente por desestabilizar a la administración de Vladimir Putin y en ese contexto, obligar a la República alemana a romper el contrato para la construcción del gasoducto, al que se opuso Estados Unidos desde un inicio.

Una muestra de la estrategia diseñada para aumentar las sanciones europeas contra Rusia y reforzar la imagen de “régimen represor” que pretenden fabricarle, fue la reciente visita al Kremlin de Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, a fin de solicitar la liberación del bloguero opositor, en franca e inaceptable injerencia en los asuntos internos de Rusia, lo que ningún país europeo le permitiría a Moscú, si solicitaran algo similar.

Prueba de que el interés pretendido es perturbar el orden interno ruso, fue la participación de la embajada yanqui y oficiales CIA, en la estimulación a las marchas de protestas, instigando a los jóvenes a salir de sus casas para reclamar la liberación del opositor, financiado con dólares estadounidenses, así como la participación de diplomáticos de Polonia, Alemania y Suecia en las reuniones ilegales del 23 de enero efectuadas en Moscú y San Petersburgo, acciones inaceptables e incompatibles con el estatus diplomático, en total violación de la Convención de Viena de 1961.

Esas acciones injerencistas son usuales entre los diplomáticos estadounidenses y europeos en Cuba, donde se reúnen con contrarrevolucionarios para orientarlos, abastecerlos y darles respaldo político.

Moscú, ante esa provocación decidió la expulsión inmediata de varios diplomáticos, recordándole a los europeos que no habrá concesiones de principios, ni se tolerará injerencia en sus asuntos internos, como prueba de que las sanciones y el show mediático construido con el favor de la prensa occidental, no los atemoriza y Rusia tiene que ser respetada.

El doble rasero de la posición europea está en la diferencia de respuestas entre la detención de Julián Assange, por las autoridades británicas, y Navalni, pues el periodista australiano sufre todo tipo de arbitrariedades legales, está confinado a una celda de aislamiento a pesar de su precario estado de salud, el espionaje sufrido durante su asilo en la embajada de Ecuador en Londres y la posibilidad de ser extraditado a Estados Unidos, donde posiblemente lo espere la muerte.

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