Un sacerdote que miente.


Por Arthur González.

José Conrado Rodríguez Alegre, sacerdote católico cubano, es uno de los servidores de la mafia terrorista anticubana de Miami, vinculada estrechamente a los asesinos y torturadores del gobierno del dictador Fulgencio Batista, que en enero de 1959 encontraron refugio seguro en Estados Unidos, huyéndole a la justicia por sus crímenes.

Hoy se relaciona estrechamente con los hijos de aquellos esbirros que ensangrentaron las calles de Cuba, situación que jamás menciona en sus intervenciones en la TV de Miami, ni en los libros que le publican, donde intentar difamar la obra de la Revolución cubana.

Por estos días José Conrado vuelve a cargar su pluma mercenaria, mediante un libro titulado: “Resistencia y sumisión en Cuba: El fenómeno de la disidencia en los países totalitarios”.

Si algo tiene Cuba es hidalguía y soberanía, por eso está sometida desde hace 60 a una criminal guerra económica y financiera ejecutada por Estados Unidos, precisamente por no ser sumisa ni arrodillarse a sus pies, como hicieron los gobiernos anteriores.

Miente este sacerdote sobre la realidad cubana, bien diferente a la que vivió en su niñez, cuando la mortalidad infantil era bien alta, no existían hospitales ni médicos en zonas rurales de la Isla, el analfabetismo era casi el 40 % de la población, el desempleo plagaba campos y ciudades, existía el llamado “tiempo muerto” al culminar los 4 meses de zafra azucarera, la discriminación racial y de género imperaban en Cuba y no había escuelas ni iglesias católicas en las montañas.

Sus posiciones al servicio de los yanquis son conocidas por la alta jerarquía católica cubana y por sus provocaciones fue enviado a España por los años 90 del siglo XX y trasladado de parroquias en varias oportunidades.

Evidentemente está orientado a enturbiar el diálogo respetuoso y constructivo que mantiene la alta jerarquía católica cubana con el Estado revolucionario, el cual ha tenido un desarrollo armónico que posibilitó las visitas de los tres últimos Papas, algo que otros países con un número más alto de católicos no han tenido.

Estados Unidos no acepta una relación de armonía y respeto entre la Iglesia Católica y el Estado Cubano, por eso crea medidas para enturbiarla, sin lograrlo.

José Conrado es su carta para esos planes, declarados el 6 de septiembre de 2015 por el Arzobispo de Miami, Thomas Wenski, cuando aseguró:

“La próxima visita del Papa a Cuba quiere ayudar a crear un ambiente que permita una Transición suave, sin caos y sin violencia en la Isla”.

Días antes, no por casualidad, la Universidad Internacional de la Florida, había auspiciado un evento para “analizar la relación entre la curia católica de la Isla y la emigración cubana”, en el que estuvieron presentes profesores de la Universidad de San Tomás de la Habana, investigadores, laicos y sacerdotes católicos de Cuba, entre ellos José Conrado Rodríguez Alegre y el laico Dagoberto Valdés Fernández, viejo agente de la CIA.

A raíz de la muerte del Cardenal Jaime Ortega, José Conrado ejecutó una provocación, consistente en oficiar una misa en la vivienda de la contrarrevolucionaria Berta Soler, con la presencia de una docena de asalariados, con el indudable propósito de crearle dificultades al nuevo Arzobispo de la Habana y futuro Cardenal, Juan de la Caridad García Rodríguez.

Días después se reunió con otros contrarrevolucionarios en la residencia de Antonio Enrique González-Rodiles, sin obtener sus metas de provocar un roce del gobierno con la jerarquía católica, a pesar de la amplia divulgación que recibieron ambos hechos.

Al no contar los yanquis con otros provocadores en ese medio religioso, la lógica indica que recibió instrucciones de enviarle una carta al General de Ejército Raúl Castro, en un tono irrespetuoso y agresivo, la cual tampoco surtió el efecto esperado, porque a Cuba le sobran experiencia y sapiencia para no caer en trampas de poca monta.

Durante su estancia en la iglesia de Santa Teresita, en Santiago de Cuba, preparó una acción subversiva, de conjunto con Yoani Sánchez Cordero, reclutada por el viejo agente de la CIA Carlos Alberto Montaner, para influir en los niños de su parroquia, y se involucró visiblemente en las actividades contrarrevolucionarias ejecutadas por José Daniel Ferrer, uno de los “disidentes” mejor pagados por Estados Unidos en la Isla.

Tampoco alcanzó sus intenciones malsanas, por el contrario, fue la jerarquía eclesiástica quien tomó medidas, trasladándolo para la ciudad de Trinidad, en el centro de la Isla.

La línea de acción que le trazaron en Estados Unidos está clara y la reveló durante sus declaraciones al diario “El Nuevo Herald”, en las que dijo: “La Iglesia necesita ser más audaz, porque el reino de Dios es la justicia y el bien de los hombres. Si la Iglesia pierde ese norte, pierde su esencia”.

La propaganda en Miami sobre el nuevo libro, afirma que es parte de su tesis presentada en 1999, al terminar sus estudios en la Universidad de Salamanca, donde enfocó sus análisis en los movimientos disidentes de Europa del Este, pero el error está en que Cuba tiene una Revolución popular, nacida para cambiar el sistema capitalista que no resolvió los graves problemas existentes y no le fue impuesta por el ejército rojo.

No habla sobre los planes de Acciones Encubiertas de la CIA, unidos al Programa Democracia, diseñado bajo la administración Reagan para socavar el socialismo desde adentro, reclutando dirigentes, intelectuales y jóvenes que recibieron millones de dólares para acciones subversivas solapadas y abiertas, incluso con el apoyo de la Iglesia Católica.

José Conrado pretende hacerle creer a los lectores que el sistema socialista es un fracaso; sin embargo, no se refiere al verdadero descalabro del capitalismo en el mundo, donde la pobreza, el desempleo, la corrupción gubernamental, la desigualdad económica y social aumentan por días, generando protestas populares salvajemente reprimidas, sin ser condenadas por Estados Unidos, país donde la discriminación racial es un mal endémico que acaba con la vida de seres humanos.

En su libro omite la masiva emigración latinoamericana y africana, de quienes huyen del capitalismo salvaje y no del socialismo, porque si la menciona, entonces no cobrará sus ambicionados dólares.

Mentiras pagadas que no confunden a los que no se dejan comprar, pues como dijera José Martí:

“Nunca fueron juntos apóstoles y mercaderes”

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