El presidente y su laberinto.


Por Arthur González.

Para el más inexperto psiquiatra, la conducta del presidente de Estados Unidos se puede diagnosticar como una locura clásica, descrita en manuales de medicina, como señalaron destacados psiquiatras norteamericanos en su libro sobre Donald Trump.

Hace 200 años se designó como locura “determinado comportamiento que rechaza las normas sociales establecidas”, comportamiento habitual del susodicho personaje, debido a la frecuente pérdida de control que manifiesta cuando se incomoda, el trato hacia su esposa y en particular a la prensa.

​En la esfera política es donde más síntomas presenta, con una conducta que se desplaza fuera de lo racional, sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos, los que son objetivamente absurdos e inútiles.

Ejemplos de esa conducta está reflejada en sus decisiones de abandonar importantes acuerdos internacionales, afirmar que el cambio climático no es real, la retirada de la UNESCO, del Consejo de Derechos Humanos y del acuerdo nuclear con Irán, aprobado por sus principales aliados europeos.

Sus delirios y alucinaciones sobre Cuba y Venezuela, más el déficit que posee en el área afectiva, principalmente con su esposa y el pequeño hijo de ambos, marcan clínicamente su padecimiento, afectando seriamente su personalidad.

A esa sintomatología se le unen su actitud psíquica, caracterizada por el egocentrismo y narcisismo, sus ideas delirantes, acompañadas con trastornos de la percepción, algo que se puede comprobar en la obsesión fija que tiene con destruir a Cuba y a Venezuela, afirmar que el personal de la salud cubana son militares disfrazados de médicos y su idea inamovible de pretender ahogar económicamente a la Revolución, a través de múltiples sanciones económicas.

Tales medidas son precisamente las que con más fuerza comprueban su enfermedad psíquica, pues al leerlas cualquier persona racional percibe que no existen antecedentes en la historia mundial, de un país que haya ideado tantas medidas de ensañamiento contra otro estado, solo porque no se arrodille ante los pies del más fuerte y, en su caso, proyecta pérdida del contacto con la realidad.

Es indiscutible su delirio erotomaníaco (trastorno o inclinación de manera exagerada del amor y el deseo sexual) puesto en evidencia en las decenas de denuncias de mujeres que fueron acosadas y prostitutas alquiladas para satisfacer su trastorno.

La megalomanía (delirio de grandeza relacionado con algún aspecto personal, pensamientos e ideas extremadamente exageradas e irreales acerca de sus capacidades personales), es intrínseca a su conducta cotidiana y conforma un cuadro clínico que requiere de tratamiento para evitarle males mayores a Estados Unidos.

Los logros de Cuba en salud, educación, cultura, ciencia y tecnología, deportes, seguridad social, igualdad de género y raza, alcanzados a solo 90 millas de sus costas, unido a la resistencia de su pueblo ante 60 años de una despiadada guerra, económica, comercial, financiera y biológica, incrementadas con acciones terroristas, más el fracaso de los planes de asesinato a su líder Fidel Castro, exacerban la frustración de sus delirios de grandeza.

Esa es la razón de su arremetida con tantas sanciones irracionales contra un país que posee dignidad y principios de soberanía, los cuales alteran el desequilibrio mental del presidente de los Estados Unidos.

Basta leer las más recientes sanciones para confirmar lo antes expuesto:

17 de abril de 2019 en Miami, informa el implemento total de la ley Helms-Burton, la restricción de los viajes y las remesas familiares enviadas a Cuba, recortando estas a solo mil dólares cada tres meses. También prohibió los donativos que los estadounidenses enviaban a amigos y organizaciones en Cuba.

La prohibición de remesas a altos funcionarios del gobierno y del Partido Comunista, la amplió a sus familiares cercanos, incluidos hijos, padres, abuelos, primos y tíos, muestra de sus desequilibrios psíquicos. Sigue leyendo