Dolor que obsesiona a los yanquis


Por Arthur González.

La rotunda votación del pueblo cubano por el Sí, en el referendo para aprobar la nueva Constitución de Cuba, fue en la práctica un apoyo mayoritario al socialismo.

Ese resultado es una dolorosa realidad para Estados Unidos y la oposición que crearon y financian anualmente con más de 20 millones de usd, por eso ahora declaran que “fue un fraude” y no la reconocerán.

Sin embargo, de haber ganado el No, entonces si la reconocerían, a pesar de celebrarse con idénticos mecanismos y patrón electoral, porque así son los yanquis, como bebes malcriados que les dan ataques de llanto cuando no tienen el juguete que desean.

Sus campañas para trastocar la realidad de los países que tienen gobiernos no aceptables para Estados Unidos, son cada vez más globales y puede observarse tanto en Latinoamérica, como en Europa, Asia y África, e incluso dentro de su propio territorio.

Ante la aplastante derrota en el referendo constitucional en Cuba, hacen declaraciones arrogantes negándose a reconocer que la mayoría absoluta de los cubanos y cubanas aprueba y respalda su Revolución.

El comunicado oficial de Washington expresa su amargura por esa realidad, pero persisten en calificarlo de forma negativa, al decir:

El 24 de febrero, el régimen comunista cubano celebró lo que llamó un referéndum nacional sobre las revisiones a su Constitución. Nadie debe dejarse engañar por este ejercicio, que logra poco más que perpetuar el pretexto de la dictadura de partido único del régimen. Todo el proceso ha estado marcado por un teatro político cuidadosamente gestionado y la represión del debate público”.

Como les mortifica que, a pesar del dinero empleado en propaganda en las redes sociales, prensa, radio, televisión y en sufragar las pírricas provocaciones de sus asalariados, el pueblo no les hizo caso y votó por el futuro que desean para la Isla, sin sometimiento a Estados Unidos.

Entre los que lloran de rabia por la derrota están Rosa María Payá y su padrino el senador Marco Rubio, quienes comprueban una vez más que sus cruzadas comunicacionales no son aceptadas en Cuba.

Ante un hecho irrebatible vuelven con sus slogan gastados y arcaicos de que “el referendo constitucional es un fraude que solo confirma la ilegitimidad del Gobierno de Raúl Castro y Díaz-Canel”, y con el mismo estribillo que les aplicaron a las elecciones venezolanas de mayo 2018, repiten el gastado cacareo de que “la Constitución es ilegítima y al igual que su Asamblea Nacional y el actual gobierno encabezado por Miguel Díaz-Canel”, iniciando la campaña de que la comunidad internacional no reconozca ese proceso y Gobierno cubano.

Para esos dos amargados es demasiado tarde, pues Cuba es reconocida por la totalidad de los países de las Naciones Unidas, del Movimiento de los países no alineados, el Caricom, la Celac, la Cepal, la Unesco, y todos los organismos de  Naciones Unidas.

Las presiones que hizo Estados Unidos en 1962, a los países de América Latina para que rompieran relaciones con la naciente Revolución cubana, se desmoronó una década después y Cuba comenzó a ser reconocida y toda la América, que poco a poco volvió a restablecer relaciones diplomáticas, comerciales, culturales y deportivas con la Isla que soporta la guerra económica, comercial y financiera más larga de la historia humana.

La amargura de los yanquis es que, a pesar de los planes de terrorismo de Estado aplicados contra Cuba, invasiones mercenarias, cientos de Operaciones de subversión política y los planes de Acciones Encubiertas de la CIA, no han podido ni podrá doblegar la voluntad de su pueblo de mantener su independencia, soberanía y libertad de escoger el sistema que desean sus habitantes.

Sufran desde Washington y Miami aquellos que sueñan con ver caer el socialismo en Cuba, los colaboradores del dictador Fulgencio Batista, que aún sobreviven la victoria de 1959 y los mercenarios que se le suman por los cientos de miles de dólares que reciben para disfrazarse de “opositores”, porque a solo 90 millas del imperio yanqui hay un valeroso pueblo que resiste escasez, limitaciones materiales y financieras, como resultado de la guerra impuesta para que los cubanos culpen al socialismo.

Los cubanos conocen bien su historia, no olvidan las tres ocupaciones del ejército norteamericano, la execrable Enmienda Platt, que se apoderó de parte del archipiélago, la actuación de los marines yanquis en sus andanzas por prostíbulos y bares de la época neocolonial, ni aquel que se subió a la estatua del apóstol José Martí en la Habana, para orinarse en su cabeza.

Menos aún borraron de sus mentes que fueron los oficiales yanquis quienes asesoraron al tirano Batista, en la creación del tenebroso Buró de Represiones a las Actividades Comunistas, BRAC, organización responsable del asesinato y tortura de miles de cubanas y cubanos solo por tener ideas diferentes, ni de que fueron los militares yanquis  quienes instruían a oficiales y soldados de la tiranía de Batista, para asesinar y bombardear a los campesinos por apoyar al ejército rebelde encabezado por Fidel Castro.

Por esa y muchas otras razones, el pueblo votó por el Sí a su nueva Constitución, para entre todos construir un mundo más justo que permita vivir en paz y mejor.

Estados Unidos no podrá torcerles el brazo a los cubanos con su guerra económica, porque hacia el pasado oprobioso nadie quiere volver, y en vez de desgastarse en falsas campañas, deberían imitar a Cuba e iniciar un proceso consultivo con sus habitantes para establecer una nueva Constitución, adecuada a la época actual y no continuar con un instrumento legal tan arcaico, vigente desde 1789, lo que debería darles vergüenza de ser el único país del mundo que rige sus leyes por un documento casi prehistórico.

La primera decisión tomada por la Revolución fue alfabetizar a todos los que, en el capitalismo impuesto por Estados Unidos, nunca pudieron asistir a una escuela, y seguidamente enseñó al pueblo a analizar.

Así fue como que cada ciudadano pudo estudiar libremente el proyecto de la Constitución, expresar sus criterios, proponer, eliminar, enmendar y aclararse para tener una Carta Magna que recogiera el sentir de todos, situación que no se ve en otros países, algo que los yanquis no mencionan.

Por esas razones afirmó José Martí:

“No puede votar sobre la Constitución quien no sepa leer en ella”.

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