El pronóstico de los buitres


Arthur González

Tío SamDesde los albores del siglo XIX los gobernantes de Estados Unidos soñaron con adjudicarse al archipiélago cubano y sumarlo como un estado más de la Unión. Eso fue alertado por José Martí en su última carta al amigo mexicano Manuel Mercado cuando afirmó:“…ya estoy todos los días en peligro de dar la vida por mi país y por mi deber, de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas, los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”

“…impedir qucarta a amanuel mercadoe en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia…”

Esas ambiciones expansionistas fueron cortadas con el triunfo revolucionario de 1959 y esa es la razón del odio viseral que sienten contra Cuba.

A partir de 1989 se produce la caída del socialismo en Europa y en particular la URSS, lograda por Estados Unidos a partir de múltiples programas de Acción Encubierta, ejecutados por la CIA con el apoyo de sus aliados de la OTAN, e incluso del Vaticano en la conocida Santa Alianza, hecho que permitió neutralizar las fuerzas de izquierda y eliminar momentáneamente la bipolaridad política mundial.

El derrumbe fue provocado con miles de millones de dólares para financiar a grupos contrarrevolucionarios creados y entrenados por la CIA, como el Sindicato de Solidaridad en Polonia, más el reclutamiento de altos dirigentes militares y políticos de los países socialistas, quienes además de abastecer de información a los norteamericanos, llevaron a cabo medidas políticas y económicas que contribuyeron a incrementar errores y malas prácticas para empujar el socialismo hacia el abismo.

Lo inimaginable e inesperado fue el caso de Cuba, que soportó estoicamente la pérdida del 85 % de su comercio exterior, el abastecimiento del petróleo soviético, parte de los alimentos para la población, la paralización de sus inversiones principales, y casi todo el abastecimiento de los bienes de consumo.

Los yanquis intensificaron la guerra económica, las campañas mediáticas y el apoyo total a los grupos contrarrevolucionarios, con la aspiración de destruir el sistema socialista desde adentro.

A eso se sumaron los pronósticos de académicos en Miami que diseñaron escenarios y políticas para alcanzar el fin del socialismo tropical cubano.

Varios fueron los estudios del proyecto de Transición elaborado por el “Instituto para cubanos y cubano-americanos de la Universidad de Miami” en el 2002, abordando diversos temas que reflejan los verdaderos intereses de Estados Unidos en una Cuba sin socialismo. En ese contexto dividieron la sociedad cubana en tres sectores: Los partidarios de la línea dura, los centristas y los reformadores, emborronando decenas de páginas en su tesis de lo que sucedería en una Cuba sin Fidel Castro.

Pero la realidad ha sido más fuerte y sus sueños se han convertido en pesadilla.

En su delirio plantearon que solo el grupo de los reformistas podrían tomar medidas como:

Fomentar pequeñas y medianas firmas de negocios privados, Privatizar algunas de las cooperativas agrícolas; elevar la futura edad de retiro para hombres y mujeres, permitir a las empresas estatales reducir su fuerza laboral para incrementar la eficiencia; permitir la libre convertibilidad del peso para racionalizar la distribución de recursos y levantar los controles de precios y permitir mercados libres para la mayoría de los productos.

Para ellos en el contexto del comunismo cubano tales reformas serían claramente radicales y encontrarían una feroz oposición interna.

Lo más destacado de esas tesis de Miami, es que sin tapujos exponen que el objetivo sería “buscar un acercamiento a Washington a través de la comunidad cubana, a fin de que Estados Unidos logre la sustitución de un régimen sucesor comunista liderado por partidarios de la línea dura y/o los centristas, o uno encabezado por las fuerzas armadas, si cualquiera de ellos siguiera en la línea de Castro”.

En su diseño prevén que dentro de Estados Unidos esa meta “pudiera recibir un amplio apoyo, no sólo entre los cubano-americanos, sino también en la más amplia comunidad de diseñadores de política, aunque es probable que haya debates con respecto a la estrategia e instrumentos que deben ser usados”

La estrategia de respaldar un régimen de “transición democrática” permitía a Estados Unidos aumentar su asistencia técnica y económica, fomentaría mayores inversiones y el comercio, desarrollaría lazos académicos y de las ONG más estrechos entre los dos países y ayudaría en la edificación de instituciones y procedimientos democráticos, con la ayuda de la USAID y de la Fundación Nacional para la Democracia.

Y como lo previó Martí, afirman que:

Estados Unidos estará cargando con la tarea de edificar una nación en la era post-Castro”, ya que no puede permitirse el lujo de que Cuba exista como un empobrecido o fracasado Estado al otro lado del Estrecho de la Florida, por ser la más importante isla del Caribe y se coloca en segundo lugar con relación a México, en términos de importancia entre los países latinoamericanos para los intereses nacionales norteamericanos”.

Estos argumentos son los que ahora empujan a un grupo de personalidades norteamericanas para abogar ante el presidente Barack Obama, cambios en la política hacia Cuba.

Entre la justificación de su solicitud exponen que:

“…ahora más que nunca, Estados Unidos puede ayudar al pueblo cubano a determinar su propio destino”. “…haciendo esto, no solamente se profundizarán los contactos entre las sociedades estadounidenses y cubana, sino que también ayudará a la sociedad cubana  a incrementar su confianza en sí mismo e independencia.”

Esta “ayuda” al pueblo de Cuba no es otra cosa que la anexión total, en contubernio con la mafia anticubana de Miami que sigue añorando recuperar lo que abandonaron.

Por ese motivo, cubanas y cubanos si quieren mantener su independencia, tendrán que ponerse en cuadro apretado como la plata en la raíces de los Andes, para que no pase el Gigante de las siete leguas, no hay otro modo.

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